Collserola atesora toda una serie de mitos y leyendas que han estimulado el imaginario popular. Desde las habas milagrosas del santo payés Medín, la historia de un dragón que tiñó de negro las tenebrosas pizarras de Olorda, o el conocido gigante que se quedó dormido sobre la sierra tras su pelea con el Gegant del Pi (Gigante del Pino).
Pizarras negras de Santa Creu d’Olorda |Foto: Robert Peña / Archivo Parque

En estas líneas os mostramos un breve resumen.  Para saber más sobre leyendas i hechos curiosos de Collserola al Centro de Documentación y Recursos Educativos (CDRE) del Parque encontrareis mas información.

La ermita de Sant Medir está situada en el valle de Gausac, en la vertiente norte de la sierra de Collserola, a medio camino entre Barcelona y Sant Cugat.

Según la tradición, Medín era un payés que vivía en su masía, en el valle de Gausac. Por aquel entonces, hacia el año 303 d.C., los cristianos de Barcelona eran perseguidos por el temido Daciano, que tenía órdenes de eliminar a todos aquellos que no aceptasen adorar a la persona del emperador de Roma, Diocleciano.

Severo, obispo de Barcelona, temiendo la persecución, emprendió la huida hacia Octavià (Sant Cugat). A medio camino, encontró a Medín sembrando habas. Le explicó el motivo de su huida y le pidió que, si preguntaban por él, respondiese con la verdad, es decir, que había pasado por allí en el momento en que él plantaba su campo de habas.

Cuenta la leyenda que Severo se despidió de Medín preguntándole si necesitaba algo, y este le respondió que una fuente de agua fresca. Severo dio un golpe a una roca y, al instante, brotó agua en abundancia. Esa fuente no es otra que la de Sant Sever, situada al lado mismo del camino de Sant Medir.

Cuando Severo se fue, las semillas de las habas, milagrosamente, crecieron y florecieron como si hiciese meses que estaban plantadas. Poco después, los perseguidores romanos encontraron a Medín y le preguntaron por el obispo. Él les respondió la verdad: que mientras él sembraba las habas, el obispo había pasado por allí. Los romanos pensaron que Medín se burlaba de ellos y protegía al obispo, así que se lo llevaron preso y, cuando capturaron a Severo, los martirizaron a ambos y degollaron a san Medín.

Después de estos hechos, se construyó la ermita dedicada a san Medín. En la actualidad, cada 3 de marzo se celebra la fiesta de Sant Medir, y los grupos sardanistas de Barcelona y Sant Cugat se reúnen en una celebración religiosa y festiva.

La ermita de la Mare de Déu de la Salut está adosada a la Casa Gran de la Gleva, en Sant Feliu de Llobregat.

Según la leyenda, la imagen de la Virgen fue hallada por una cabra. La familia Través de Sarrià era famosa por los rebaños de cabras que tenían, y que apacentaban en Sant Feliu. El pastor observó que una de las cabras escarbaba con las patas, cada día, en el mismo rincón, junto a un gran árbol. Cuando lo explicó al amo, y este lo comprobó, excavaron en ese lugar y apareció la imagen.

Era una época de hambre y miseria, en la que mucha gente moría debido a una peste virulenta. Al saber que había sido hallada una imagen de la Virgen, creyeron que se trataba de una señal para devolverles la fe que habían perdido, y empezaron a encomendarse a la Virgen con gran devoción y sacrificios. Muchas de aquellas personas se curaron, las cosechas fueron más abundantes y los matrimonios fueron bendecidos con los hijos que habían deseado. Así fue como aquella Virgen fue denominada «de la Salud».

En aquel lugar se erigió un santuario, origen de la ermita actual, y desde entonces, en agradecimiento a la Virgen, se sube en peregrinación a la ermita una vez al año.

Otra leyenda sobre esta Virgen cuenta que existía una piedra blanca a la que se atribuían propiedades mágicas, entre ellas conceder fertilidad a las mujeres. Era muy habitual que las personas que querían conseguir algún favor de la Virgen lanzasen guijarros sobre aquella piedra: si se mantenían en equilibrio allí encima, el deseo se cumplía.

Con el nombre de Coves de Santa Creu d’Olorda (Cuevas de Santa Creu d’Olorda), Coves dels Encantats (Cuevas de los Encantados) o Coves de l’Or, son conocidas un conjunto de cinco cavidades formadas por rocas calcáreas devónicas conectadas entre sí y muy próximas unas a otras, en la vertiente este de la Cordillera Litoral de Collserola, en el Puig d’Olorda (Monte de Olorda) (345 m).

Sobre estas cavidades, habitadas en el Neolítico y conocidas desde tiempos inmemoriales por los habitantes de la comarca, existen numerosas leyendas que las vinculan a tesoros y bandoleros. Una de ellas afirma que el cartaginés Aníbal exploró en este mismo lugar una rica mina de oro, donde existía una cueva muy espaciosa, con siete bocas de entrada y varias galerías de comunicación, en la que guardó su tesoro camino de Roma.

Otra de estas leyendas trata sobre la existencia de una cueva denominada «de la Moneda», donde se hallaría un tesoro encantado bajo la forma de piedras pequeñas y redondas. Cuenta la leyenda que todo aquel que tenga la osadía suficiente para ir a la cueva a las doce en punto de la Noche Buena, y tome una determinada cantidad de piedras, después se le convertirán en oro. Algunos dicen que distintos hacendados de Sarrià hicieron su fortuna de esta forma.

Texto extraido y traducido de: Finestres al passat de Sant Feliu de Llobregat

En el año 1912, Francesc Rodon i Pujol documenta un cuento que, según decía, le explicó un anciano:

Con mucha frecuencia, alrededor del monte se formaban unas nieblas que caminaban lentamente, alimentadas por el viento. Negras como la noche, bajaban de la cima de la montaña hasta la plana y de ellas se desprendían enormes gotas, seguidas de seco pedrisco con fuerte estrépito de truenos, arrasando los cultivos de toda la plana. Al estallar la tormenta, los bosques se estremecían, el huracán arrancaba los árboles y el fuego del rayo removía profundamente toda la región, quedando mustias las pobres flores y quedando cubierta la tierra por las hojas caídas de sus tallos.

En el patio, temblaban de miedo los animales, aullaban tristemente los perros y, muy a regañadientes, salían de su madriguera las fieras.

El payés no paraba de llorar al ver arruinados sus cultivos. A su alrededor contemplaba a su mujer consumiéndose, y a sus hijos pequeños muriéndose de hambre. Invocaba a Dios, que se mostraba sordo a su plegaria; imploraba limosna, y la limosna moría en el eco de sus palabras. Pero él tenía fe, y no podía creer que procediera de Dios tanta desventura. Un día, observó que la maldita niebla surgía de una poza, donde su abuela le decía que tenían su palacio las brujas, y comprendió inmediatamente la causa de aquel flagelo. Desde entonces observa que, al inicio del chaparrón, se conmueven aquellos márgenes con infernal ruido, y quedó convencido de que la niebla no era otra cosa que el velo que cubría a los malos espíritus y brujas, e incluso en alguna ocasión creyó oír sus aterradoras carcajadas triunfales tras la tormenta.

Los buenos frailes del convento de Torre Llimassa, deseosos de poner remedio a tanta desventura, convocaron a los fieles de la comarca. Al pausado y lento eco de la campana, se dirigían a lo alto del monte rezando salmos que eran repetidos con fervor por los creyentes. Desde la cumbre, maldijeron las nieblas, conjuraron la montaña y mandaron clavar en la cima más alta del monte de Olorda una cruz donde debían deshacerse para siempre las tormentas y huir las brujas al abismo.

Después de tan piadosa ceremonia, es fama que no ha habido más pedrisco procedente del monte.

Texto extraído y traducido de «La creu del Puig d’Olorda», artículo de Josep M. Jordà i Capdevila, Centro de Estudios del Baix Llobregat[PDF]

En el libro de costumbres catalán abundan las leyendas sobre dragones. Collserola no es una excepción, y también tiene la suya, muy singular.

Según se explicaba hace muchos años, un gran dragón corría por la sierra cometiendo tropelías y atemorizando a payeses y vecinos. Tanta era la maldad de la bestia, que se hizo necesario acabar con sus atrocidades. Con esta voluntad, se armó a un grupo de caballeros que, tras una larga persecución, entraron en combate con el dragón precisamente en el collado de Olorda, donde le dieron muerte, y allí mismo enterraron sus restos mortales. Con el paso del tiempo, los restos del dragón se descompusieron, tiñendo de negro las rocas de la fosa. Así que la existencia de las pizarras negras de la cantera, tan distintas de las rocas de los alrededores, constituyó para las gentes de la antigua parroquia de Olorda una prueba que demostraba que los hechos narrados por los más ancianos habían ocurrido de verdad.

Como es de suponer, aquel dragón de Olorda tan solo existió en la imaginación popular. Aun así, algo hay de cierto en la leyenda. Las pizarras son de color negro porque contienen gran cantidad de materia orgánica de origen animal y vegetal. Una materia que, eso sí, no procede de un dragón enterrado, sino de los restos de los seres que poblaban las aguas de un antiguo mar que hace muchos años existió en estos parajes.

Texto extraído y traducido de: Química i medi. Itinerari ambiental de Castellciuró a Santa Creu d’Olorda. Francesc A. Centellas Masuet

Colón trajo de América tres indios que llamaron notablemente la atención del pueblo y del rey. Uno de ellos era gigante. Los consejeros de Barcelona, al ver la admiración del rey, le dijeron que muy cerca de la ciudad vivía otro gigante más alto y más grande que el indio, del que se contaban curiosas ocurrencias. El rey quiso conocerlo. Se referían al famoso Farell de Caldes de Montbui, y enviaron a buscarlo.

El gigante bajó a Barcelona. Por el camino, arrancó un pino de los más grandes del bosque para usarlo como bastón y, en dos zancadas, se presentó en la ciudad.

Al llegar al portal de la muralla, los portaleros quisieron hacerle pagar el tributo de leña por el pino que llevaba. Farell el Fuerte dijo que aquello no era un pino, sino un simple bastón. Discutieron hasta que Farell, enfadado, lanzó el pino como si fuese una caña, pasó una pierna por encima del muro y entró en la ciudad.

Era tan alto que sobresalía por encima de todos los edificios, de modo que los vecinos, desde sus terrados, podían ver cómo iba andando el gigante.

El rey, al verlo, quedó maravillado y se dio cuenta de que era más alto y robusto que el gigante que Colón había traído de América. Le llenó de satisfacción observar a aquel par de hombretones comer, antes de contemplar la pelea.

En el banquete que se preparó para ellos dos, trabajaron todos los cocineros de la ciudad, que no daban abasto para cocinar tanta comida. El indio, que estaba convencido de que mataría a Farell el Fuerte de un soplido, no paraba de burlarse mientras comían:

«Come, come, Farallàs,

que nunca más comerás.»

Farell comió tanto como pudo, sin responder a las provocaciones del otro. Al acabar de comer, se dispusieron a luchar. La pelea se llevó a cabo en la plazoleta de Els Peixos. Todos los vecinos salieron a las terrazas para verlos.

Farell el Fuerte se plantó firme en medio de la plazoleta, esperando a que el indio lo embistiera. Este empezó a propinar puñetazos, mordiscos y arañazos a Farell, quien permanecía inmóvil como si fuese de hierro. Cuando el americano quedó extenuado, Farell entró en acción y le preguntó al rey qué quería que hiciese con aquel hombre de juguete. El rey dijo que hiciese lo que le pareciese mejor y, según unos, le comprimió ambos lados a la vez y lo chafó como a un fuelle. Según otros, lo cogió por una oreja y lo lanzó por encima de las azoteas y tejados, enviándolo otra vez al Nuevo Continente, mientras gritaba: «Gentes de las Américas, apartaos, que allí donde caiga, lo aplastará todo».

Este hecho se recuerda con la siguiente canción popular barcelonesa:

«El gigante del Pino

ahora baila por el camino.

El gigante de la ciudad

ahora baila por el terrado.»

El rey quedó muy contento con Farell el Fuerte y le dio una bolsa de dinero. El hombretón regresó a Caldes por el camino que rodea Collserola, pero al pasar por el collado ya estaba anocheciendo, por lo que se quedó a dormir al raso. La noche era muy fría, y el gigante se quedó encogido y muerto.

Si observamos la silueta de la cordillera de Collserola, aún podemos contemplar la silueta del gigante tumbado.

Leyenda extraída y traducida de Llegendes de Barcelona, de Joan de Déu Prats, Publicacions de l’Abadia de Montserrat (2007)

Cuenta la leyenda que, en el año 1790, un médico llamado Menós declaró que las aguas que brotaban de la fuente estaban envenenadas, ya que estaban teñidas de color amarillo. La explicación que daba aquel hombre era que las aguas discurrían entre las raíces de los árboles, y que por ello tenían aquel extraño color.

Las gentes no bebieron de la fuente durante décadas, hasta que unos cuantos años después se descubrió que el agua de la fuente Groga tenía un alto contenido en sales de hierro, lo que le otorgaba aquel color amarillento. Los médicos del momento se apresuraron a recomendar el consumo del agua de la fuente para tratar algunas enfermedades. Y así fue como la popularidad de la fuente Groga fue aumentando. A finales del siglo xix fue parcialmente urbanizada, con una pequeña tubería de hierro que canalizaba la salida del chorro de agua.

Pero seamos poéticos. Porque existe una leyenda que sostiene que el color del agua, aquel amarillo tan sutil pero curioso, es el resultado del paso de la corriente subterránea por un tesoro de mil piezas de oro que dan el color a las aguas. Y cuenta también la leyenda que son unas hermosas y encantadoras ninfas las encargadas de custodiar este tesoro. El dicho popular también afirma que quien beba de esta fuente gozará de buena fortuna.

Texto extraído y traducido del blog: Tots els noms de Barcelona

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